En las alturas frías de los Andes peruanos, entre los 2.000 y los 3.800 metros de altitud, crece una legumbre con un secreto poco conocido fuera de la región: antes de poder comerse, debe pasar días en remojo. Se trata del tarwi, legumbre andina también llamada chocho, cultivada en los Andes desde hace más de mil años y que esconde una de las historias más particulares de todo el catálogo de biodiversidad peruana.
Una legumbre que no se come tal cual
A diferencia de la mayoría de legumbres, la semilla de tarwi contiene de forma natural alcaloides de sabor amargo, lo que hace imposible consumirla directamente tras la cosecha. Antes de llegar a cualquier plato, debe pasar por un proceso tradicional de «desamargado»: remojo prolongado en agua corriente durante varios días, que elimina esos compuestos amargos y deja la semilla lista para cocinar. Es un paso ausente en la mayoría de legumbres del mundo, y forma parte esencial de la identidad de este cultivo andino.

Un nombre con historia propia

El nombre «chocho», con el que también se conoce al tarwi en gran parte de Perú, proviene del vocablo quechua «chuchu», que significa «pezón materno». El origen de esta palabra tiene una explicación concreta: una vez desamargado, cocido y triturado, el chocho se convierte en un líquido blanco de aspecto similar a la leche, que las comunidades andinas usaron tradicionalmente para complementar la alimentación de los más pequeños.
Raíces que se remontan a culturas prehispánicas
El tarwi es uno de los cultivos domesticados más antiguos de Sudamérica: se han encontrado restos de sus semillas en tumbas de la cultura Nazca, que floreció entre los años 100 y 800 d.C., mucho antes del Imperio Inca. En Perú, se cultiva principalmente en regiones como Áncash, Cajamarca, Cusco, Huánuco, Junín y Puno.
Un aliado silencioso para la tierra
Más allá de su valor como alimento, el tarwi cumple un papel importante en la agricultura andina: sus raíces fijan nitrógeno atmosférico en el suelo, mejorando de forma natural su fertilidad — una característica que lo convierte, además de en un cultivo alimenticio, en un aliado agronómico para las tierras donde se siembra junto a otros productos.
Un cultivo que crece acompañado
El tarwi se cultiva tradicionalmente en sistemas de policultivo, sembrado junto a maíz, papa u otros productos andinos, en vez de cultivarse solo. Esta práctica aprovecha su capacidad natural de fijar nitrógeno en el suelo para beneficiar directamente a los cultivos vecinos con los que comparte la parcela — una forma de agricultura tradicional que combina varios cultivos de forma complementaria.
Del descarte a la investigación: el alcaloide que se convierte en aliado
Los alcaloides amargos que se retiran del tarwi durante el proceso de desamargado no siempre se desechan sin más: distintos grupos de investigación han explorado su uso como insecticida natural en la agricultura, aprovechando las mismas propiedades que hacen amarga la semilla para proteger otros cultivos de plagas. Es otro ejemplo del aprovechamiento integral que caracteriza a este cultivo andino, donde incluso lo que se retira encuentra una segunda utilidad.
Presencia más allá de los Andes peruanos
Aunque el tarwi es mayormente conocido en Perú, también se cultiva en menor escala en países vecinos como Bolivia y Ecuador, donde recibe nombres similares y forma parte de tradiciones culinarias propias de cada región andina.
En Colibrí Origins seguimos explorando la biodiversidad de los Andes y la Amazonía peruana, y el tarwi es un buen ejemplo de por qué merece la pena mirar más allá de lo evidente: una legumbre que exige paciencia antes de llegar a la mesa, un nombre que cuenta una historia propia, y una presencia en los Andes que se remonta a más de mil años atrás.
Este contenido es solo informativo y no constituye consejo médico. Si tienes dudas sobre el consumo de un alimento o una planta, consulta a un profesional sanitario.
